Recientemente, hablando con una amiga sobre su proceso actual, sobre cómo ha sido cerrar algo que durante 10 años fue su fuente principal de ingresos, me contó cómo se está sintiendo por estos días y me dijo que no puede más con la incertidumbre.
Esa conversación resonó mucho en mí porque, aunque muchas veces siento que tengo un norte claro, que mi visión y propósito son mi brújula y que, sin prisa, vamos logrando poco a poco algunas cosas que me hacen sentir tranquilo, la realidad es que la incertidumbre es una constante que difícilmente voy a poder convertir en variable.
Y es que, nadie te firma un papel que diga que tu emprendimiento va a funcionar, que el mercado va a esperar, que el cliente te va a pagar a tiempo o que la nómina de fin de mes está asegurada. Emprender es despertarse todos los días con más preguntas que respuestas y, aun así, abrir el computador (o el local), empezar a trabajar y mostrar la cara. Es vivir con el estómago medio apretado, viéndonos de frente lo vulnerable que es nuestro día a día.
Por eso, cada vez que cometemos errores, un negocio no sale bien, cae una pandemia y debemos cerrar, o simplemente las cosas no se dan, entramos en una inflexión profunda. Y es ahí cuando fortalecernos mentalmente, ir a terapia, hacer ejercicio (o la actividad que nos guste), hablar de lo que nos pasa y compartirlo se vuelve casi lo único que nos ayuda a descargarnos, nos da ideas y nos muestra lo realmente resilientes que somos.
Si te sientes así, o lo has sentido, créeme que no estás solo. Y si quieres hablar al respecto en algún momento, acá estamos, siempre.
Pd. Si estás leyendo esto y no has participado en los eventos de FuckUp Nights que hace la fundación, no dejes de asistir al próximo, te darás cuenta que no estás sol@.
